Jineth Bedoya, en el evento de lanzamiento del Informe de Mujeres DesaparecidasPor eso la desaparición forzada, la violencia sexual o el exilio ni siquiera están documentados con la seriedad que debe asumir un Estado frente a la magnitud de estas problemáticas. Tampoco hacen parte de la memoria colectiva del país, para que se permita andar por el camino de la no repetición. Estos ‘olvidos’ engrosan la vergüenza ciudadana que deberíamos cargar y asumir. Miles de familias siguen hoy, cinco, quince o treinta años después esperando a que la hija que una mañana salió de casa hacia su trabajo o la universidad regrese para cerrar el doloroso ciclo del olvido, del abandono y de la incertidumbre. ¿Dónde están? ¿Qué fue de sus vidas en tantos años? ¿Qué fue de sus vidas en esos últimos minutos antes de no volver?

Preguntas que hora tras hora martillan en cada pedazo de existencia de sus familiares. Solo ellos saben lo que es vivir en el limbo de no obtener una sola respuesta. Así que este trabajo, liderado por Yanette Bautista, más que un informe es un grito. El que ella ha lanzado tantas veces al vacío desde ese 30 de agosto de 1987 cuando su hermana Nydia Erika Bautista fue detenida y desaparecida forzadamente. Este documento es una reivindicación de los derechos de centenares de mujeres que fueron usadas como arma de guerra, así como sigue ocurriendo hoy, ante la indiferencia recurrente de las autoridades y de la justicia.

¿Cuántas mujeres no lograron volver del infierno? Dejaron su último aliento y su dignidad en las manos de sus victimarios y se convirtieron en su trofeo. Pero, ¡cuántas también pudimos regresar!
Nosotras, las que estuvimos a segundos de hacer parte de la larga lista de desaparecidas, tenemos una responsabilidad moral con la memoria histórica de Colombia: que nunca se nos olviden esas otras mujeres. Que el país sepa que existieron y que la peor tortura no fue la infringida por los responsables. La peor tortura es y seguirá siendo la impunidad.

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